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Estados Unidos llega a noviembre con crecimiento económico, pero ¿cuáles son los desafíos que enfrenta?

hace 1 día
7 min de lectura

La economía estadounidense aceleró su crecimiento durante el tercer trimestre de 2026, impulsada por el consumo y la inversión. Sin embargo, la inflación, el poder adquisitivo, el mercado inmobiliario y la concentración de las inversiones tecnológicas plantean interrogantes sobre la sostenibilidad de ese dinamismo.

Martes 3 de noviembre de 2026 - Mg. Yanina S. Lojo


La economía de Estados Unidos llega a noviembre de 2026 mostrando dos realidades que no necesariamente se contradicen. Por un lado, mantiene un ritmo de crecimiento significativo, sostenido por el consumo privado y la inversión empresarial. Por otro, enfrenta presiones inflacionarias y dificultades que afectan de manera diferente a los hogares y a los sectores productivos.


La primera estimación del Bureau of Economic Analysis (BEA) mostró que el Producto Interno Bruto (PBI) real creció a una tasa anualizada del 3,4% durante el tercer trimestre, acelerándose respecto del 2,2% registrado entre abril y junio.


Se trata de una señal de dinamismo que merece ser destacada. Sin embargo, analizar una economía únicamente a partir del crecimiento agregado puede conducir a conclusiones incompletas. La composición de ese crecimiento, su distribución y las condiciones necesarias para sostenerlo resultan igualmente importantes.


Una economía que acelera, pero con motores diferentes


El crecimiento del tercer trimestre estuvo impulsado por el aumento de la inversión, el consumo y el gasto público, mientras que las exportaciones registraron una contribución negativa. Un indicador especialmente relevante es el de las ventas finales reales a compradores privados domésticos, que aumentaron a una tasa anualizada del 4,9%, frente al 4,6% del trimestre anterior. Esto permite observar que, más allá de las variaciones de inventarios y del gasto público, la demanda privada continúa mostrando fortaleza.


La inversión empresarial también ocupa un lugar central en esta expansión. En particular, la adquisición de equipos informáticos y tecnológicos refleja el avance de proyectos vinculados con la inteligencia artificial, los centros de datos y la modernización de infraestructura. Sin embargo, el hecho de que determinados sectores expliquen una proporción creciente de la expansión plantea una pregunta: ¿hasta qué punto ese dinamismo puede extenderse al conjunto de la economía?


Inflación: el desafío de volver al 2%


La inflación continúa siendo uno de los principales desafíos macroeconómicos. En septiembre, el índice de precios del gasto en consumo personal (PCE) registró un incremento interanual del 3,6%, mientras que su componente subyacente, que excluye alimentos y energía, avanzó un 3,1%. Ambos indicadores se encuentran por encima del objetivo de inflación del 2% establecido por la Reserva Federal.


La diferencia es importante porque una economía puede continuar creciendo y, al mismo tiempo, experimentar una pérdida de poder adquisitivo cuando los precios avanzan más rápidamente que los ingresos.


También conviene distinguir entre una desaceleración de la inflación y una reducción de los precios. Que la inflación disminuya no significa necesariamente que los bienes y servicios se hayan abaratado: significa que sus precios aumentan a un ritmo menor. Esta distinción ayuda a explicar por qué las mejoras en algunos indicadores macroeconómicos no siempre se traducen inmediatamente en una percepción de alivio entre los consumidores.


El consumo resiste, pero los ingresos muestran presiones


El consumo de los hogares continúa siendo uno de los pilares de la economía estadounidense. Durante septiembre, el gasto nominal en consumo personal aumentó un 0,5% mensual. Sin embargo, medido en términos reales, su variación fue inferior al 0,1%.


Al mismo tiempo, el ingreso personal disponible real disminuyó un 0,3% respecto de agosto, mientras que la tasa de ahorro personal se ubicó en el 3,8%, frente al 4,1% del mes anterior. Estos datos muestran una diferencia relevante entre el aumento del gasto medido en dólares corrientes y la evolución de la capacidad efectiva de compra.


No permiten concluir, por sí solos, que todos los hogares estén atravesando la misma situación. Pero sí indican que el sostenimiento del consumo convive con presiones sobre los ingresos disponibles. Por eso, uno de los desafíos será determinar si el consumo puede continuar expandiéndose a medida que evolucionen los precios, los salarios, las condiciones crediticias y el ahorro.


El mercado inmobiliario, una señal de atención


La vivienda representa otro frente importante. Las tasas hipotecarias elevadas, los costos de construcción y las dificultades de acceso al financiamiento condicionan tanto la demanda de viviendas como las decisiones de inversión del sector.


Durante el tercer trimestre, la inversión residencial volvió a mostrar debilidad, en contraste con la expansión de otros componentes de la inversión privada. Esto permite observar una economía en la que no todos los sectores evolucionan al mismo ritmo. Mientras la inversión tecnológica gana protagonismo, las actividades vinculadas con la construcción residencial enfrentan condiciones más exigentes.


Cuando los conflictos internacionales llegan a la economía doméstica


Uno de los elementos que distingue a 2026 es que las tensiones geopolíticas dejaron de ser únicamente un factor de incertidumbre para convertirse en un componente concreto de los costos económicos.


El conflicto en Medio Oriente, las alteraciones del comercio internacional y la competencia por el liderazgo tecnológico están influyendo sobre los precios, las cadenas de abastecimiento y las decisiones de inversión.


El conflicto con Irán: del petróleo a los precios internos


La escalada del conflicto con Irán, iniciada a fines de febrero de 2026, provocó una fuerte perturbación del mercado energético internacional. Las restricciones al tránsito por el estrecho de Ormuz, una de las rutas estratégicas del comercio mundial de hidrocarburos, afectaron el suministro de petróleo y derivados, generando aumentos de precios y mayores costos logísticos.


El impacto no se limita al precio de los combustibles. Cuando aumenta el costo de la energía, también pueden incrementarse los costos del transporte, la producción industrial, la distribución de mercaderías y determinadas materias primas. Estos efectos se transmiten progresivamente a distintos sectores de la economía.


En septiembre, la inflación estadounidense medida por el PCE alcanzó el 3,6% interanual. Aunque no corresponde atribuir la totalidad de ese incremento al conflicto, el componente energético constituye uno de los canales relevantes de transmisión de las perturbaciones internacionales.


Esto genera un desafío adicional para la Reserva Federal: contener las presiones inflacionarias sin afectar innecesariamente la actividad económica. Sin embargo, existe una diferencia importante respecto de otras crisis energéticas.


Estados Unidos es hoy un productor de hidrocarburos mucho más relevante y tiene una dependencia neta del petróleo importado considerablemente menor que en décadas anteriores. Por eso, un aumento internacional del precio del petróleo puede beneficiar a determinados productores estadounidenses y, simultáneamente, perjudicar a consumidores y sectores intensivos en energía. La consecuencia es un impacto heterogéneo: el mismo shock puede generar ingresos adicionales en algunas actividades y mayores costos en otras.


Los aranceles y la reorganización del comercio mundial


El segundo canal internacional es la política comercial. Durante los últimos años, los aranceles dejaron de utilizarse exclusivamente como instrumentos de protección sectorial y adquirieron mayor protagonismo en las estrategias de seguridad económica, negociación comercial y reorganización productiva. Sin embargo, desde el punto de vista económico, su aplicación tiene efectos que deben analizarse con precisión.


Un arancel incrementa el costo de ingreso de determinados bienes importados. Dependiendo de la competencia, los márgenes empresariales, el tipo de cambio y la capacidad de sustitución, ese incremento puede ser absorbido parcialmente por importadores y distribuidores o trasladarse a los consumidores.


También puede modificar las decisiones de abastecimiento de las empresas, incentivar la búsqueda de proveedores alternativos y favorecer inversiones destinadas a relocalizar determinadas etapas productivas.


Pero estos procesos no son automáticos ni gratuitos. Reorganizar una cadena de suministro requiere tiempo, capital, infraestructura y disponibilidad de proveedores competitivos. En 2026, además, las modificaciones judiciales y regulatorias del esquema arancelario estadounidense introdujeron cambios en los costos de importación. Esto obliga a distinguir entre los aranceles anunciados, los efectivamente vigentes y su impacto real sobre los precios. El desafío consiste en compatibilizar los objetivos de seguridad económica y fortalecimiento industrial con la necesidad de mantener costos competitivos para las empresas y los consumidores.


La competencia tecnológica también es geopolítica


El tercer elemento es la creciente vinculación entre tecnología, comercio internacional y seguridad económica. La inteligencia artificial se convirtió en uno de los principales motores de inversión estadounidense, pero su desarrollo depende de cadenas de valor que exceden las fronteras nacionales.


Semiconductores avanzados, equipamiento especializado, minerales críticos, redes eléctricas y capacidad de procesamiento son recursos estratégicos para el crecimiento de esta industria. La competencia tecnológica con China, las restricciones sobre determinados componentes y los esfuerzos por diversificar proveedores muestran que las decisiones de inversión ya no responden exclusivamente a criterios de rentabilidad de corto plazo. También incorporan consideraciones vinculadas con la seguridad de suministro, el acceso a tecnologías críticas y la autonomía productiva. Esto abre oportunidades para nuevas inversiones industriales, pero también implica mayores exigencias de capital y posibles aumentos de costos durante la reorganización de las cadenas productivas. La expansión de la inteligencia artificial, por lo tanto, no puede analizarse de manera aislada del escenario internacional.


Una economía más resistente, pero no inmune


La mayor producción energética, el tamaño de su mercado interno y su capacidad de innovación otorgan a Estados Unidos herramientas importantes para absorber perturbaciones externas. De hecho, investigaciones de la Reserva Federal de Dallas muestran que la economía estadounidense es actualmente mucho menos vulnerable a interrupciones del suministro mundial de petróleo que durante las crisis energéticas del siglo pasado. Pero menor vulnerabilidad no significa ausencia de efectos.


El encarecimiento de la energía, las tensiones comerciales y la competencia tecnológica siguen influyendo sobre la inflación, las inversiones y las condiciones financieras. La particularidad de 2026 es que estos factores internacionales actúan simultáneamente.


Por eso, comprender la economía estadounidense exige observar no solamente cuánto crece su PBI, sino también cómo se relacionan sus decisiones productivas, comerciales y tecnológicas con un escenario internacional cada vez más complejo.


Los desafíos que se abren hacia 2027


Estados Unidos llega a noviembre con una economía que demuestra capacidad de crecimiento, pero enfrenta el desafío de sostener ese dinamismo en un escenario internacional donde la energía, el comercio y la tecnología se han convertido en variables estratégicas.


La cuestión ya no es solamente cuánto puede crecer, sino a qué costo, con qué grado de estabilidad y con qué capacidad para trasladar ese crecimiento a la economía real. Porque en un mundo de mayor fragmentación geopolítica, la competitividad no depende únicamente de la capacidad de producir e innovar, sino también de la capacidad de adaptarse a los cambios en las condiciones internacionales.

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