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LA ÉPICA ARGENTINA EMPIEZA CUANDO NADIE CREE QUE ES POSIBLE

Cada cuatro años la Selección nos recuerda algo que va mucho más allá del fútbol: los grandes logros nunca nacen en los momentos fáciles. Nacen cuando un equipo decide seguir creyendo aun cuando todo parece jugar en contra. En un país que aprendió a convivir con las crisis, esa capacidad para levantarse, reinventarse y volver a empezar quizás sea nuestro mayor capital. La pregunta es si también podemos transformar esa épica en una forma de construir una Argentina más competitiva, más unida y con mayor protagonismo en el mundo.

Sábado 18 de julio de 2026 - Mg. Yanina S. Lojo



Hay imágenes que no necesitan explicación. Un jugador que corre una pelota cuando todos creen que ya está perdida. Un capitán que transmite calma cuando el reloj se convierte en un enemigo. Un equipo que sigue atacando cuando cualquier otro empezaría a resignarse.

Eso es la épica.


No la de los héroes invencibles. La de las personas comunes que deciden no rendirse. Y quizás por eso esta Selección nos emociona tanto. Porque, en el fondo, habla de nosotros. Los argentinos llevamos décadas aprendiendo a jugar partidos difíciles.


Sabemos lo que significa levantarse después de una derrota, empezar de nuevo cuando cambian las reglas y seguir adelante aun cuando el contexto parece conspirar contra cualquier proyecto.

Lo vemos todos los días. En el comerciante que vuelve a abrir la persiana. En el emprendedor que transforma una crisis en una oportunidad. En la PyME que encuentra un nuevo mercado cuando el anterior deja de existir. En el exportador que vuelve a hacer números porque cambió el tipo de cambio, porque apareció una nueva regulación o porque el mundo volvió a modificar las condiciones del juego.

No elegimos vivir en la incertidumbre. Pero aprendimos a movernos dentro de ella. Y esa capacidad, muchas veces subestimada, también es un activo.


Durante años dijimos que la mayor riqueza de la Argentina estaba bajo el suelo. Yo cada vez estoy más convencida de que está por encima de él. Está en su gente. Y la capacidad de reinventarnos. Porque reinventarse no es solamente resistir. Es encontrar una oportunidad donde otros solo ven un obstáculo. Es animarse a cambiar de estrategia sin abandonar el objetivo. Es volver a empezar sin perder la esperanza. Y esa es, precisamente, la esencia de cualquier remontada.


Quizás por eso esta Selección nos representa mucho más allá de los resultados. No porque nunca haya estado en desventaja. Sino porque nunca dejó de creer que podía cambiar la historia del partido.


Sin embargo, hay algo que este equipo nos enseñó y que excede al fútbol. La épica, por sí sola, no alcanza. Hace falta liderazgo.


Durante muchos años, Lionel Messi cargó con expectativas que parecían imposibles de satisfacer. Cada torneo renovaba las exigencias. Cada derrota multiplicaba las críticas. Y, sin embargo, eligió un camino que hoy parece tan natural como extraordinario. Nunca buscó imponerse. Nunca necesitó levantar la voz. Nunca hizo del conflicto una forma de liderazgo. Simplemente siguió trabajando. Siguió preparándose. En algún lado leí, que es el primero en llegar a los entrenamientos del equipo donde hoy juega. Eso no lo hace cualquiera. Eso lo hace alguien que realmente cree en sus objetivos. Y sigue creyendo.


Con el tiempo entendimos que liderar no siempre significa hablar más fuerte. Muchas veces significa sostener el rumbo cuando todos dudan. Seguir haciendo lo correcto aunque los resultados todavía no aparezcan. Inspirar desde el ejemplo. Y esa enseñanza trasciende cualquier cancha. Vale para una empresa. Vale para un equipo de trabajo. Vale para una organización. Y también vale para un país.


Porque los liderazgos verdaderos no se construyen sobre el miedo. Se construyen sobre la confianza. Scaloni también dejó una enseñanza silenciosa. Su mayor mérito no fue solamente formar un equipo ganador. Fue convencer a un grupo de enormes talentos de que el éxito individual solo tenía sentido si estaba al servicio del equipo. Y esa, quizás, sea una de las mayores lecciones que todavía tenemos pendientes como sociedad.


Argentina nunca tuvo un problema de talento. Tenemos empresarios que innovan incluso en contextos adversos. Emprendedores capaces de crear empresas competitivas desde cualquier rincón del país. Profesionales reconocidos en todo el mundo. Universidades que forman recursos humanos de excelencia. Científicos admirados internacionalmente. Recursos naturales que muchos países desearían tener. Lo que muchas veces nos cuesta es transformar todo ese potencial en un proyecto común.


Porque competir no depende solamente de los recursos. Depende de generar confianza. De construir instituciones. De establecer reglas que permitan planificar. De invertir. De innovar. De abrirnos inteligentemente al mundo. De entender que el crecimiento sostenible nunca es el resultado del esfuerzo aislado de una persona. Es la consecuencia del trabajo coordinado de toda una sociedad.

Exactamente igual que un equipo de fútbol.


Hay algo que siempre me conmueve cuando juega la Selección. Durante noventa minutos desaparecen muchas de las diferencias que parecen definirnos el resto del año. El empresario y el trabajador. El estudiante y el jubilado. El productor agropecuario y el industrial. El que vive en el norte y el que vive en el sur. El que piensa distinto. Todos quieren exactamente lo mismo. Todos celebran el mismo gol. Todos sufren la misma atajada. Por un instante dejamos de preguntarnos qué nos divide para recordar todo aquello que nos une.


Y entonces aparece una pregunta inevitable. ¿Por qué esa Argentina que aparece cada cuatro años parece tan difícil de encontrar el resto del tiempo? Tal vez porque olvidamos que los grandes proyectos colectivos no se construyen alrededor de las diferencias. Se construyen alrededor de un propósito compartido. Eso es lo que logró esta Selección. Y eso es, también, lo que necesita la Argentina. No para ganar una final. Sino para competir en un mundo cada vez más exigente. Para que el talento argentino deje de ser una promesa y se convierta definitivamente en desarrollo.


Mañana habrá una final.Puede terminar con una alegría inmensa. O puede terminar con la tristeza inevitable que deja cualquier derrota. Así funciona el deporte. Pero, cualquiera sea el resultado, esta Selección ya consiguió algo que ninguna copa puede medir. Nos recordó la mejor versión de nosotros mismos.


La de un país que deja de lado sus diferencias para empujar hacia un mismo objetivo. La de un liderazgo que inspira más de lo que ordena. La de un equipo que entiende que nadie gana solo. Y la de millones de argentinos que vuelven a creer, aunque sea por un rato, que cuando trabajamos juntos somos capaces de lograr cosas extraordinarias.


Ojalá mañana podamos celebrar. Pero ojalá también entendamos que el verdadero desafío empieza cuando termine el Mundial.Cuando volvamos a nuestras empresas. A nuestras fábricas. A nuestros comercios. A nuestros campos. A nuestras universidades. A nuestros proyectos.Porque los Mundiales duran un mes. El desarrollo de un país lleva décadas.


Y quizás la mayor enseñanza que nos deja esta Selección sea que las grandes victorias nunca empiezan con un milagro. Empiezan cuando un grupo de personas decide seguir creyendo, seguir trabajando y seguir construyendo, incluso cuando el contexto parece decirles que ya no vale la pena intentarlo.


La épica argentina no debería ser solamente la capacidad de remontar un partido imposible. Debería ser, sobre todo, la decisión de construir un país que algún día ya no necesite vivir de las remontadas. Porque el verdadero campeonato no termina mañana. El verdadero campeonato empieza el lunes.



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