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Después del 2%: el verdadero desafío de la economía argentina recién comienza

Todo indica que el INDEC volverá a mostrar una desaceleración de la inflación y que junio podría convertirse en el primer mes en casi un año con un índice inferior al 2%. Si se confirma, será una señal relevante para el proceso de estabilización que atraviesa la economía argentina. Sin embargo, el verdadero desafío no será perforar ese umbral, sino sostenerlo en el tiempo y convertir esa estabilidad en crecimiento, inversión y una mejora concreta del poder adquisitivo.

Martes 14 de julio de 2026 - Mg. Yanina S. Lojo



Durante años la economía argentina giró alrededor de una única preocupación: la inflación. Cada negociación salarial comenzaba preguntándose cuánto subirían los precios. Las empresas actualizaban listas con una frecuencia cada vez mayor para no perder rentabilidad. Los contratos se acortaban, el crédito prácticamente desaparecía y las familias organizaban sus gastos intentando adelantarse al próximo aumento. La inflación dejó de ser una variable económica para convertirse en el centro de todas las decisiones. En ese contexto, discutir productividad, competitividad o inversión de largo plazo era casi un lujo. La urgencia desplazaba cualquier otra prioridad.


Por eso, si el dato que publique hoy el INDEC confirma una inflación inferior al 2% mensual, la noticia será importante por un motivo que va mucho más allá del porcentaje. No significará que Argentina haya resuelto definitivamente uno de sus problemas históricos, pero sí que puede comenzar a discutir otros desafíos que durante mucho tiempo quedaron relegados.


La estabilización era el punto de partida, no el objetivo final


Durante meses la política económica estuvo concentrada en recuperar el equilibrio macroeconómico. La reducción del déficit fiscal, el freno a la emisión monetaria, la desaceleración de la inflación y una mayor estabilidad cambiaria fueron los pilares sobre los que se construyó esa estrategia.


Los resultados empiezan a verse. La inflación perdió velocidad, el riesgo país retrocedió desde los máximos alcanzados en años anteriores y algunos sectores comenzaron a recuperar niveles de actividad. Sin embargo, estabilizar una economía no equivale necesariamente a ponerla en marcha.


La estabilidad crea condiciones para crecer, pero no garantiza por sí sola que aparezcan nuevas inversiones, que aumente el empleo privado o que las familias recuperen rápidamente el poder de compra perdido durante los últimos años.


El crecimiento empezó a aparecer, pero todavía no llegó al bolsillo


Los indicadores muestran que la economía comenzó a dejar atrás la caída generalizada que caracterizó buena parte de los últimos años. Sectores como la energía, la minería y algunas actividades vinculadas al comercio exterior lideran la recuperación. Las exportaciones energéticas continúan creciendo, nuevos proyectos de inversión avanzan y la economía empieza a mostrar sectores claramente dinámicos.


Sin embargo, esa mejora todavía convive con una realidad muy distinta para buena parte de las familias. El consumo continúa recuperándose de manera desigual. Muchos comercios todavía describen una demanda cautelosa, las promociones siguen siendo una herramienta fundamental para sostener las ventas y la recomposición del salario real todavía resulta insuficiente para recuperar completamente el terreno perdido. La explicación es relativamente sencilla. La inflación puede desacelerarse rápidamente. Los ingresos no se recuperan tan rápido.


Para que el salario vuelva a ganar poder adquisitivo no alcanza con que los precios aumenten menos. Es necesario que durante varios meses consecutivos los ingresos crezcan por encima de la inflación. Solo así el consumo podrá transformarse en un motor más sólido de la actividad económica.


Esa diferencia entre lo que muestran los indicadores macroeconómicos y lo que perciben muchas familias explica por qué hoy conviven dos diagnósticos aparentemente contradictorios: una economía que empieza a estabilizarse y una sensación social de que la recuperación todavía no terminó de llegar.


La estabilidad necesita algo más que disciplina fiscal


Mantener una inflación baja durante uno o dos meses es una buena noticia. Sostenerla durante varios años requiere mucho más. La estabilidad no depende únicamente del equilibrio de las cuentas públicas o de la política monetaria. También necesita una economía capaz de generar dólares de manera consistente, atraer inversiones, aumentar la productividad y expandir las exportaciones. En ese punto aparecen oportunidades importantes.


La energía se consolida como uno de los principales generadores de divisas. La minería continúa captando proyectos de gran escala y el complejo agroexportador sigue siendo un actor determinante para el ingreso de dólares. Al mismo tiempo, la recuperación del precio internacional de la soja mejora el valor potencial de las exportaciones argentinas y puede convertirse en un factor adicional de alivio para el mercado cambiario durante el segundo semestre.


La estabilidad macroeconómica dependerá, en buena medida, de que esos sectores mantengan su capacidad para generar divisas genuinas. Porque una inflación baja difícilmente pueda sostenerse en el tiempo si vuelven a aparecer tensiones cambiarias.


El contexto internacional sigue siendo un factor de riesgo


Mientras Argentina intenta consolidar su proceso de desinflación, el escenario internacional continúa mostrando focos importantes de incertidumbre. Las tensiones en Medio Oriente mantienen bajo observación al Estrecho de Ormuz, uno de los corredores estratégicos para el comercio mundial de petróleo. Cualquier alteración significativa en esa ruta puede trasladarse rápidamente al precio de la energía. Y cuando el petróleo sube, el impacto no se limita al combustible. También aumentan los costos logísticos, el transporte, numerosos insumos industriales y buena parte del comercio internacional.


La CEPAL advirtió recientemente que un incremento persistente del precio del petróleo podría volver a presionar la inflación en América Latina durante el próximo año. Esto significa que el desafío argentino ya no dependerá únicamente de las decisiones que se tomen en el Palacio de Hacienda o en el Banco Central. También estará condicionado por factores externos que el país no controla, desde la evolución de los conflictos geopolíticos hasta las decisiones de política monetaria de la Reserva Federal. La estabilización será, cada vez más, el resultado de una combinación entre política económica interna y contexto internacional.


La nueva discusión económica


Durante mucho tiempo el debate económico argentino tuvo una sola pregunta: cómo bajar la inflación. Si el dato de junio confirma las expectativas del mercado, esa pregunta comenzará lentamente a perder protagonismo. No porque la inflación haya dejado de importar, sino porque aparecerán otras igual de relevantes. ¿Cómo ayudar a que se sienta en el bolsillo? ¿Cómo impulsar el crédito sin generar nuevos desequilibrios? ¿Cómo transformar sectores dinámicos como la energía, la minería y el agro en motores permanentes del crecimiento? ¿Cómo aumentar la inversión privada? ¿Y cómo lograr que la mejora de los indicadores macroeconómicos se refleje finalmente en la vida cotidiana de las personas? Esas serán las preguntas que definirán el segundo semestre y, probablemente, buena parte de 2027.


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